| La “revolución” universitaria de los tecnólatras |
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El proyecto de Ley del Sistema de Educación Superior elaborado por la SENPLADES en el Ecuador, ha permitido evidenciar las concepciones y afanes de esta Secretaría de Planificación. Se puede decir que permite mirar hacia dónde quieren conducir al país los planificadores del Gobierno. Éstos reviven viejos planteamientos y aspiraciones desarrollistas ya elaboradas antaño y las exhiben como novedosas mercaderías. Son modernos mercachifles de antigüedades. Recogiendo idénticos términos en los que se expresó en el pasado el entonces presidente Osvaldo Hurtado, de la Democracia Cristiana internacional, aclaran que “el país irá donde vaya la Universidad”, o dejan entrever que con una universidad del primer mundo, el país ascenderá del tercer mundo a la altura de Inglaterra, Alemania, Suiza, EEUU, manida frase. Este argumento que le pone a la Universidad como el centro de los destinos de la sociedad, pretende ser vendido a los ciudadanos endilgándoles, a las universidades las calamidades económicas y las penurias sociales. Tal falacia esconde la relación que la educación, y en ella la superior, tiene respecto a la base económica de la sociedad en la que aquella no es más que un reflejo de ésta. En efecto, la Universidad ecuatoriana nació y se reprodujo en consonancia con las condiciones de las demandas del aparato productivo, de su matriz económica e ideológica.
Una rápida y acertada visión de esta relación la efectúa el Ec. René Báez en su artículo “Tribulaciones universitarias”, reproducido en ALADI, el 27 de julio pasado. Báez recorre una universidad con la carga de la herencia de la Colonia, transita por la que se basó en la vieja hacienda señorial y feudal, “por tanto refractaria a todo cambio”, para terminar en la universidad en la ruta de los ajustes fiscales recesivos del Banco Mundial y del FMI, con sus consecuencias y expresiones en el nacimiento de nuevas carreras ligadas a las necesidades del mercado y la mercantilización misma de títulos, diplomas y hasta calificaciones. La universidad es el reflejo de la configuración de nuestras sociedades, sin embargo y desde luego, éstas generan e impulsan elementos ideológicos que permiten una visión distinta a la que está destinada: la ciencia y las concepciones del pensamiento democrático han alcanzado tal importancia que han movilizado a estudiantes y profesores, fundamentalmente en el cuestionamiento de la realidad del país y de la misma universidad. Sin ser revolucionaria la institución, no es menos cierto que en ella se han forjado sus ideas y hasta vectores. Esa precisamente ha sido la preocupación de todos los gobiernos, que a su debido tiempo la estigmatizaron, persiguieron y clausuraron. Ésta una nueva forma de intervención. Ya en los años 60, un asesor del gobierno norteamericano, Rudolph Atcon, de la Universidad de Houston, propone comprender a la universidad latinoamericana mediante una analogía de carácter biológico en su teoría del “gene social”. Una nueva forma de reformular el social darwinismo, de explicar fenómenos sociales con leyes biológicas y de sustentar que, en la sociedad como en la biología, existen individuos y especies genéticamente dominantes, o sea ellos. “La universidad, dice Atcon, es a un organismo social lo que el sistema genético es a un organismo vivo. Ciertamente controla la transmisión de características de generación en generación, resuelta a no eliminar ninguna, salvo las más inútiles de las ideas anacrónicas. Así mismo, mirará con recelo los conceptos nuevos mientras no hayan demostrado su valía más allá de cualquier posible duda. En esto la universidad le pone tanta resistencia al cambio como cualquier gene a una mutación (…) si logramos efectuar en la universidad mutaciones controladas en, de acuerdo con las líneas establecidas previamente(…) éstas serán transmitidas a su debido tiempo, de modo ordenado y armónico, a todas las instituciones sociales(…) sin chocar con el cuerpo de las creencias establecidas”[1]
Digno de ficción: la universidad transformada en el “centro cromosómico del cuerpo social” a la que se le puede inocular experimentalmente nuevas propiedades y caracteres de acuerdo a las conveniencias, a partir de pequeñas fracciones de ADN conocidas como plásmidos. Tal si lo hiciéramos a una bacteria: nuevas propiedades, como resistencia a determinadas plagas, características para producir ciertas hormonas, insulina, por ejemplo, en fin, reproducir individuos genéticamente modificados, con nuevas combinaciones alélicas, es decir incorporar otras características y por tanto nuevas adaptaciones. Y los experimentadores fueran las mismas bacterias también genéticamente modificadas en las universidades de Harvard, Oxford, Yale, que son las de la preferencia de estos tecnólatras. Nuevas características, claro, desde luego que no choquen, que no contradigan, que no pongan en riesgo el sagrado “cuerpo de creencias establecidas” por los parásitos dominantes. El fondo del discurso de los nuevos tecnólatras es precisamente ésta concepción. No en vano sostienen que el cambio en las universidades no podrá devenir desde su interior sino desde fuera, desde estos prefigurados cerebros de la nueva revolución de los genes dominantes.
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